Perder a un ser querido es una situación que toda persona vive en algún momento de su vida. Es una situación vital estresante, en la que el dolor por la pérdida se hace en la mayoría de los casos insufrible. La vivencia de la muerte de una persona cercana y querida es lo que llamamos duelo. Según García García (1998) el duelo se define como “la reacción adaptativa natural ante la pérdida de un ser querido, que conlleva, en general, un largo y costoso proceso de elaboración y ajuste”. Podemos añadir que además de unas manifestaciones físicas, psicológicas y sociales.

¿Cómo podemos afrontar la pérdida de un ser querido?

Afrontar la pérdida de un ser querido es un proceso lento y doloroso. Las personas que viven un duelo o quieren acompañarlo pueden realizar las siguientes tareas:

  • Aceptación de la realidad de la pérdida. Es un proceso duro que facilita la aceptación de haber perdido a un ser querido. La aceptación real, no como algo bueno, no puede asumirse como algo positivo. Es recomendable hablar de lo duro y doloroso que es. Hablar sobre la muerte, cómo se produjo, quién se lo dijo, si vio al fallecido, etc. Hablar de ello ayuda a aceptar la realidad (si no se habla, “no existe”). También podemos hablar de cómo era la persona fallecida, de lo que supuso o el lugar dónde se esparcieron sus cenizas…
  • Identificar y expresar sentimientos. Es necesario expresar los sentimientos, permitirlos, apoyarlos. Algunas recomendaciones son: preguntar por las emociones que acompañan a los hechos que se explican, poner nombre a los sentimientos y darse permiso para sentirlos, sugerir otras formas de expresión de emociones como diarios, cartas, ser conscientes de que sentir alegría es un derecho que no implica olvido…
  • Adaptarse a vivir en un mundo en que el otro ya no está. Es importante evitar cambios muy bruscos después del fallecimiento, ya que no es el mejor momento para llevarlos a cabo. Por ejemplo venta de propiedades, cuidar de nietos para no estar solo… Aprender estrategias de solución de problemas, reforzar la toma de decisiones y el valor para hacerlo.
  • Recolocar emocionalmente al fallecido. La persona debe permitirse el derecho a ser feliz, a disfrutar, a amar. Es necesario insistir que no se trata de olvidar, de reemplazar sino de reestructurar el vínculo y la forma de relacionarse que se tenía con él (por ejemplo de verle o tocarle a su apoyo de serenidad).

Los recursos personales son los mejores indicadores de una buena adaptación a la nueva situación. Recursos como la motivación, la flexibilidad, la capacidad de pedir ayuda y aceptarla, la autoestima positiva consiguen los mejores ajustes al duelo.